Nueva York se cansa de millonarios
Defensor del pueblo casado con una afroamericana, promete romper con los 12 años de gobierno en la ciudad del magnate Bloomberg El demócrata Bil di Blasio avanza hacia la Alcaldía con su defensa de los más pobres
Actualizado: GuardarChristine Quinn llevaba años preparándose para ser la sucesora de Michael Bloomberg. Cuando la portavoz del Consejo Municipal de Nueva York aparecía en algún acto, todo el mundo murmuraba que era la próxima alcaldesa. Ella siguió los canales tradicionales de la política. Ayudó al alcalde a cambiar las leyes para que pudiera ejercer un tercer mandato. Escribió un libro sobre la mujer de clase media hecha a sí misma que es. Rastreó sus raíces de inmigrante hasta una abuela en el 'Titanic'. Trazó alianzas con políticos y sindicatos y consiguió el apoyo rotundo de The New York Times y el New York Post, cuyos consejos editoriales la eligieron como la mejor candidata del pelotón demócrata «para completar la a menudo brillante visión» de Bloomberg, que ha estado al frente de la ciudad durante 12 años.
Cuando a esta «impresionante líder» se la empezó a considerar demasiado cercana al establishment, Quinn sacó a su novia del armario y se casó con ella, en una rimbombante ceremonia que reunió a la élite política e hizo las delicias de una ciudad eufórica con el estreno de los matrimonios homosexuales. Cuando se la empezó a ver deshumanizada, contó haber sufrido de bulimia en su juventud. Y cuando llegó el verano, se fue a hornear pasteles en una casa de Jersey Shore, para desvincularse de los millonarios que pueblan las playas de los Hamptons, en Long Island.
Hay veces, sin embargo, que hacer todo lo correcto no es garantía de éxito. En agosto, un juez federal determinó que el controvertido programa policial del alcalde al que ayudó a mantenerse en el poder es abusivo y racista.
Fue por esas fechas cuando un anuncio titulado 'Dante' hizo furor en la web, descargado más de 100.000 veces hasta en Texas, antes incluso de que se estrenara en televisión. En él, un adolescente negro con una notable caballera afro presentaba al Defensor del Pueblo Bill De Blasio como «el único demócrata que tiene las tripas que se necesitan para romper con los años de Bloomberg». Del candidato con «el plan más audaz para construir viviendas asequibles», el «único que subirá los impuestos a los ricos para pagar programas de educación temprana» y «el único capaz de acabar con la política policial de 'Detener y Cachear' que injustamente afecta a la gente de color», decía. «Será un alcalde para todos los neoyorquinos, sin importar dónde vivan o qué aspecto tengan», remataba Dante. «Y diría eso de él aunque no fuera mi padre».
De origen italiano
Al final de esos 30 segundos de anuncio, creados por un socio de David Axelrod, arquitecto electoral de Barack Obama, el grandullón de origen italiano, que mide 1.98, con aspecto lechoso y encorbatado, camina riéndose con su hijo por las calles de Brooklyn camino de la escuela pública. Sólo entonces muchos neoyorquinos se dieron cuenta de que el candidato de 52 años en el que hasta entonces no habían reparado tiene una familia multiracial, fruto de una esposa que ha sido abiertamente lesbiana, y será el primer alcalde que lleve a sus hijos a una escuela pública, en una ciudad donde los blancos llevan desproporcionadamente a sus hijos a las privadas -las públicas tienen casi un 70% de negros e hispanos-.
Una familia «moderna», diría The New York Times. Pos-racial, definiría el propio De Blasio, que salomónicamente ha obtenido el mismo porcentaje de voto entre blancos, negros e hispanos. Pero sobre todo, una familia muy neoyorquina. En la ciudad de los rascacielos donde Bloomberg ha gobernado para los magnates y empresarios que hacen posible 400.000 millonarios en Nueva York, el mensaje de luchar contra la desigualdad social ha calado hondo.
La clase adinerada que apoya a Bloomberg puede dictar las reglas del mercado inmobiliario, que ha convertido a Manhattan en una burbuja imposible, pero a la hora de acudir a las urnas un voto es un sufragio. De ahí que De Blasio, al que apoyan desde George Soros a Susan Sarandon o Harry Belafonte, pueda ser en noviembre el primer residente de Brooklyn que se muda a la masión de Gracie.
Para ello necesita consolidar el 40% de votos obtenido en las primarias que, por ajustado, aún se sigue contando, y después ganar el 5 de noviembre al republicano Joe Lhota, que apenas logra que se pare la gente por la calle cuando les tiende la mano. «Mi cambio es práctico», dice el aspirante republicano, que acusa a su rival de ser un idealista radical. «Quiero construir sobre lo que ya se ha hecho, no tirarlo abajo».
Dado que en Nueva York hay registrados seis votantes demócratas por cada republicano, no es de extrañar que las encuestas atribuyan a De Blasio la victoria por 66% a 25%, con el apoyo del 52% de los blancos, 68% de hispanos y 90% de afroamericanos, según la Universidad de Quinnipiac. Un corte racial muy parecido al que dio la reelección a Obama en noviembre pasado.
En un país en que cada vez tienen más peso estadístico las minorías, parece claro que ignorarlas es la receta perfecta para la deblacle electoral. Frente al lujo de Manhattan, De Blasio ha puesto el acento en que casi la mitad de los neoyorquinos -el 46%- vive al borde la pobreza, por lo que los 400.000 millonarios están cada vez más lejos de los 8,2 millones de habitantes que residen en los cinco distritos de Nueva York.
«El verdadero progresista»
A los más favorecidos les ha escandalizado que quien se autodenomina como «el verdadero progresista» prometa un impuesto de apenas un dólar, a los que ganen más de medio millón al año, para sufragar guarderías públicas universales. El altísimo coste de las guarderías privadas, que empiezan por 950 euros al mes por unas pocas horas a la semana, ha dejado a muchas madres fuera del mercado laboral y obliga a las familias a vivir con un solo sueldo menguante, frente al rampante aumento de los alquileres. De Blasio también ha prometido construir 200.000 viviendas de protección oficial, que bajo las alcaldías de Bloomberg y Giuliani han sido instrumento para blanquear los barrios depauperados y aumentar la especulación del suelo.
Los críticos creen que su promesa de una Policía menos arrogante que colabore con las comunidades traerá de vuelta el crimen rampante que aún se ve en las series de televisión. The New York Times aprecia su lucha contra la desigualdad, su mensaje de acabar con «las dos ciudades», su promesa de hacer viables los hospitales públicos o aligerar la excesiva burocracia que ahoga a los pequeños negocios, pero está convencido de que sus «ambiciosos planes» serán «aplastados» por la Asamblea Estatal, de la que necesitará apoyo. «¿Y entonces qué?», se preguntaba el rotativo en un editorial.
De Blasio no es nuevo en la política. Fue asesor del primer alcalde negro de Nueva York, David Dinkins, en cuyo gabinete conoció a su esposa. Fue concejal por Brooklyn durante ocho años y jefe de campaña de Hillary Clinton cuando se convirtió en senadora. No le tiene miedo ni a los políticos ni a la prensa. No se deja coger en un renuncio y tiene claro sus principios. Cuando la web The Daily Beast le dio la oportunidad de corregir la impresión de estar más interesado en redistribuir la riqueza que en gestionar los difíciles presupuestos, De Blasio no reculó. «Si la pregunta es si todo el Ayuntamiento debe enfocarse solamente a la misión de enfrentar la desigualdad, la respuesta es sí», zanjó.