EL MILAGRO DE RAMÓN
Actualizado: GuardarDesde el sábado se me ha quedado una desagradable sensación. Pesar, desazón, una tristeza intrínseca que influye en todo lo que hago. La dolorosa derrota del Cádiz en Jaén que deja a los amarillos al borde del precipicio me ha provocado más indiferencia que angustia, porque la cabeza no la tenía en La Victoria sino en el Hospital de Puerto Real.
Allí Ramón Blanco lucha por recuperarse, por volver a ser quien fue antes de esa tarde negra, una proeza casi imposible hasta para el hombre milagro del cadismo. Va a pelearlo hasta el final, porque nunca se rinde. No lo hacía sobre el césped, donde derrochaba el alma sin dejarse nada en su cuerpo. Ni cuando el equipo estaba en coma, jugándose la vida en cada jornada, sin esperanza hasta que lo despertaba el gaditano-argentino aunque le costara hasta un ‘telele’. Tampoco cuando renunció a la comodidad de un plató televisivo para volver a la rueda de los entrenadores, donde verdaderamente se sentía feliz, pleno.
Por edad no lo recuerdo como jugador, sí que lo viví y lo disfruté como entrenador. El del bigote, el que hacía posible lo imposible, el grumete que cuando las ratas se escabullían lograba remontar el barco con un golpe de timón. Pero donde le hemos conocido de verdad ha sido en estos últimos años en El Rosal. El primero en aparecer y el último en irse. El de las batallitas del ‘abuelo Cebolleta’, el que abría la ronda de preguntas... sin hacer ni una sola pregunta en siete años!!! El que se movía por la vida a gran velocidad, sin dosificarse, como treinta años antes sobre el césped.
No discutía, debatía, y por defecto profesional siempre se ponía del lado del futbolista, del entrenador, del club de sus amores. El de los disgustos, muchos, pero el de las grandes alegrías. Por todos los que fabricó, él también se merece un milagro.