
Gu Kailai admite sus crímenes en vísperas de ser juzgada
La esposa de Bo Xilai, exsecretario del Partido Comunista Chino en Chongqing, confiesa haber matado al británico Neil Heywood
SHANGHÁI. Actualizado: GuardarEl juez va a tener fácil dar su veredicto en el juicio que mañana se abre contra Gu Kailai. Porque la esposa del exsecretario del Partido Comunista Chino en Chongqing, Bo Xilai, ya ha reconocido que es culpable de todos los cargos que pesan sobre ella: desde el plan para asesinar al empresario británico Neil Heywood -no está claro si estuvo involucrada también en la ejecución del mismo, en la que sí participó su guardaespaldas, Zhang Xiaojun-, hasta la evasión de ingentes sumas de impuestos. Y todo podría estar relacionado, ya que el envenenamiento de Heywood parece que fue detonado por su amenaza de sacar a la luz todos los trapos de la familia, que él mismo se había encargado de ensuciar.
Así lo aseguró ayer uno de los responsables del caso, que quiso permanecer en el anonimato, al diario de Hong Kong 'South China Morning Post': «Gu dijo todo lo que recordaba y, en lo que respecta a las acusaciones sobre las que no recordaba claramente los hechos, pidió que los investigadores escribiesen lo que mejor les pareciera». Gu se mostró «relajada» durante todo el interrogatorio. Quizá porque tenía muy claro qué es lo que ha de hacer para salvar a su familia.
Gu solo será juzgada por el homicidio de Heywood, y hay muy pocas evidencias en su contra. En realidad, solo una: un trozo del corazón que el exinspector jefe, Wang Lijun, extrajo antes de que los esbirros de Bo Xilai incinerasen a toda prisa el cuerpo y aseguraran que Heywood había fallecido por un coma etílico.
Este descarado encubrimiento pudo haber sido la chispa que llevó a Wang a escapar, buscar asilo en el Consulado de Estados Unidos en Chengdu, y, finalmente, provocar con la información que aportó la sonora caída política de Bo, que fue destituido en marzo de todos los cargos, entre ellos el de miembro del Politburó. Ahora está siendo investigado por el Comité Central del Partido, y nada se sabe de su paradero.
Pero si Gu solo es castigada por la muerte de Heywood, y no por los delitos económicos en los que su marido también parece estar enfangado, el caso de Bo podría caer en el olvido. Y será muy difícil que a ella la condenen a la pena capital teniendo en cuenta la escasez de pruebas. A lo sumo, cadena perpetua. Y se especula con la posibilidad de que ya haya pactado una pena menor a cambio de su confesión. Y de no remover el lodo. Porque es evidente que la investigación de todos los chanchullos de los Bo en un tribunal de justicia ordinario podría resultar en una cascada de escándalos que es, precisamente, lo que el Partido quiere evitar a toda costa.
Crisis política
De hecho, el culebrón de Bo se ha convertido ya en la peor crisis política de China tras la que provocó la matanza de Tiananmen. En otoño se certificará el relevo generacional en la cúpula del poder durante el XVIII Congreso del PCCh, y la tensión es elevada. Se libran duras batallas intestinas que han desembocado incluso en rumores sobre un intento de golpe de estado.
Quizá por eso, estos días los líderes se han refugiado en la localidad costera de Beidahe, alejados por completo de las cámaras, para pactar una transición tranquila y determinar quienes conformarán el Comité Permanente del Politburó, el grupo que decidirá el rumbo del país en el próximo lustro. Bo Xilai no será uno de sus miembros, como parecía antes de que se destapase el escándalo, pero sin duda estará en la mente de todos. Y, para entonces, es posible que Gu Kailai ya esté entre rejas. No en vano, a los dirigentes chinos les conviene que su juicio acabe cuanto antes.