Editorial

Cambio de oferta

Las encuestas permiten a Rajoy abanderar la necesidad de pactos de Estado

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El propósito expuesto por la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, de que un triunfo electoral el 20 de noviembre llevaría al gobierno presidido por Mariano Rajoy a promover una política de Estado de «conformidad» con el PSOE en materias tales como el futuro autonómico y territorial, la acción exterior, la economía, la justicia y la educación vendría a avalar el lema 'Empieza el cambio' con el que los populares tratan de dar por descontada su victoria. El anuncio resulta en cualquier caso genérico y contrasta con la actitud de implacable oposición que el partido de Rajoy ha mantenido a lo largo de las dos últimas legislaturas. Pero permite a los populares realzar el optimismo con el que afrontan la cita electoral, e incluso exteriorizar su confianza en que el resultado les será tan favorable que presentan la múltiple oferta de pactos de Estado como un gesto a la vez de responsabilidad hacia el país y de generosidad hacia el adversario más directo. El Partido Popular afronta la liza sin especial temor a a que el éxito por descontado provoque la desmovilización de una parte de su electorado o despierte un voto reactivo favorable a sus oponentes. Todo lo contrario, es probable que sus dirigentes se debatan entre cantar de antemano la victoria para hundir así el ánimo socialista o mantener un discurso más cauto que les facilite superar expectativas en la noche electoral. El cambio empieza desde el momento en que Rajoy puede abanderar la necesidad de los pactos de Estado con más comodidad que Rubalcaba, ocupando de esa forma la centralidad que le confieren las encuestas al margen de su respectiva trayectoria. Pero, más allá de las estrategias de campaña, la España sobre la que tendrá que gobernar quien gane el 20 de noviembre necesitará políticas de acuerdo y renuncias partidarias. Los pactos son, en última instancia, responsabilidad de quien gobierna. Algo que Zapatero ha obviado hasta el último momento con la connivencia de Rajoy. Y la renuncia que se ha echado en falta en las últimas legislaturas no ha sido otra que la de reconocer la representatividad del adversario sin pretender liquidarlo.