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¡Vaya semanita que llevamos!

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Llega el solsticio de verano, pero ¿quién se acuerda de él? Menudas están las cosas, como para recordar que es el momento de tirar la casa por la ventana, quemar lo viejo y celebrar la alegría de vivir, el triunfo efímero del día sobre la noche o la llegada de la cálida luz del verano. Pero incluso el verano se resiste a llegar. Y no es para menos, porque las cosas pintan mal para casi todo y casi todos. Para nuestro país, que lleva semanas sumido en un torbellino que amenaza con meternos en la UVI del Fondo Europeo de Estabilización y echar sobre nuestros hombros una hipoteca que pagarán también nuestros hijos. Aunque, al parecer, ha resistido la última embestida de los mercados, gracias, paradójicamente, a la solidez del sistema bancario. Mientras un Gobierno socialdemócrata, condenado a liquidar el Estado de Bienestar que tanto ha costado conseguir, termina el semestre de la UE sin nada especial que recordar y decepcionando a quienes esperaban El Dorado de la confluencia galáctica de Zapatero y Obama; la derecha, trasmutada en Partido Popular de los Trabajadores (PPT) se apresta para rematar el cordero que los mercados le ofrecen indefenso, excitado con la sangría de las encuestas. Asumiendo la herencia marxista leninista en su nueva reencarnación, apuesta por la vieja consigna revolucionaria: «Cuanto peor, mejor». Mientras, en plena orgía neocapitalista, la economía doblega y humilla a la política, ofreciendo al circo mediático la cabeza de unos gobiernos inseguros, temerosos, contradictorios, incapaces de no desdecirse cada semana, bailando al ritmo del Euríbor. La gleba mira hipnotizada la mano del mercado que con su dedo pulgar salvará (por el momento) o condenará al gobierno de turno. El Gran Baal, el inmutable ídolo de oro, pide sangre, sudor y lágrimas para aplacar su inmensa sed. Si los gobiernos y las oposiciones no saben realmente qué hacer, no debe extrañar el clima de desconcierto y pesimismo que se ha instalado entre la ciudadanía. Se habla del nacional pesimismo como una plaga que asola Europa. Y para colmo, esta semana en que todos, incluido el Gobierno, habíamos depositado nuestras esperanzas en la Roja, para demostrar al mundo (y a nosotros mismos) que somos capaces de cualquier cosa, van los suizos (patria del capitalismo sin fronteras) y nos dan una patada donde más duele.

Sin convicción plena, pero con voluntad e ilusión, recuerdo que la fe mueve montañas. La situación no es tan mala como la pinta el PP, aunque cuando a la gente se la convence de la inminencia del desastre, aún siendo incierto, la profecía acaba cumpliéndose, desgraciadamente. Pero me atrevo a pronosticar que después de las extemporáneas lluvias vendrá el cálido verano. Y la Roja deslumbrará al mundo. Y de aquí al 2012, ya veremos.