Tribuna

Un cóctel a base de angostura

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La explicación de ciertos fenómenos económicos al albur de la ortodoxia tampoco es posible ya en España. Cuando utilizamos como medidas de valoración del bienestar económico las tasas de desempleo y las de inflación, recurrimos a la visualización de la curva de Phillips. Esta explica la disyuntiva entre inflación y desempleo en el corto plazo. En el largo plazo, la tasa de empleo depende de la caracterización propia del mercado de trabajo, de la legislación sobre salarios mínimos y de la conformación de los salarios profesionales vía negociación colectiva, el poder de los sindicatos, el papel de los salarios de eficiencia y la eficacia de la búsqueda de trabajo. Por su parte, la inflación va a depender fundamentalmente de la oferta de la masa monetaria, responsabilidad atribuible hoy al Banco Central Europeo. De donde se deduce que en el largo plazo, ambas variables funcionan sin relación de causalidad entre ellas. Pero ahora nos interesa el debate de la cuestión en el corto plazo y su proyección a la situación económica española actual.

En el corto plazo, la sociedad se enfrenta a una disyuntiva entre inflación y desempleo. De tal modo que sí las autoridades económicas provocan el aumento de la demanda agregada y lo proyectan en la curva de oferta agregada a corto plazo, se visualiza la reducción del desempleo y al unísono, el aumento de la inflación. La cuestión lógicamente es planteable viceversa. Phillips mostró la existencia de una correlación negativa entre la tasa de desempleo y la de inflación. Es decir, en aquellos años en los que el desempleo era alto, la tendencia de la inflación era la contraria, o sea baja. Los años en los que el desempleo era bajo, la inflación tendía a subir. La explicación era razonada considerando la correlación entre ambas variables, de tal forma que un bajo desempleo, o lo que es lo mismo, mucho empleo va unido a un aumento natural de la demanda agregada, la cual presiona al alza a los precios con carácter general de toda la economía y en particular a los salarios.

El Gobierno ha intentado sin éxito la aplicación de políticas fiscales que aumenten la demanda agregada, para que provoque un aumento en el nivel de empleo. De momento, lo único que se ha conseguido es hacer inviable el déficit público e incrementar a zonas peligrosas el nivel de endeudamiento de nuestra economía. Es cierto que estos indicadores contemplados, ni son buenos ni malos por sí, son precisos contemplarlos desde la capacidad real de la economía para equilibrarlos en un futuro. Pero, observando cómo hasta las explicaciones más simples y comúnmente aceptadas en economía no son aplicables a la actual situación, es para pensárselo. La teoría nos indica como alternativa posible, manteniendo constante la oferta monetaria que no es competencia nacional, por acapararla el BCE, a un incremento del gasto público o a la reducción impositiva, lo que inexorablemente aumenta la demanda agregada, trasladando a la economía a un punto de la curva de Phillips en el que se aprecia un menor desempleo y una mayor tasa de inflación. De ahí que el análisis sobre la referida curva ofrece a los responsable de la política económica un amplio conjunto de alternativas que a la sazón son distintas combinaciones de inflación y empleo. Esto es así en situaciones de cierta normalidad, pero ya sabemos, 'Spain is diferent'.

¿Por qué España es tan diferente? Hemos tenido casi dos décadas de crecimiento salarial que han superado con creces las posibles ganancias de productividad por la mayor y mejor tecnología aplicada a los productos, ha conducido sin más a la pérdida de competitividad y grandes déficits por cuenta corriente, quedando tocada nuestras posibilidades exportadoras en beneficio de otros países. El boom inmobiliario condujo los desequilibrios externos a límites inauditos hasta entonces, reduciéndose la capacidad de ahorro consecuencia del consumo desorbitado y el empleo de capital no productivo en viviendas residenciales. Éstas y no otras son las razones de nuestro esperpéntico problema económico. Por mucho que nuestra vicepresidenta del Gobierno venga con la monserga de siempre diciendo que «como esta crisis no la han provocado los trabajadores no va a recaer sobre ellos un ápice el recortes de derechos». La tontería no puede ser más extrema, ¿o es que no lo están pagando ya cinco millones de españoles y los que vengan? Precisamente se está pagando con la pérdida total de un derecho básico para una persona, el derecho al trabajo.

¿Qué hacer entonces? Posiblemente lo contrario de lo que venimos haciendo hasta ahora. No se pueden tomar más decisiones inútiles en menor espacio de tiempo, como ha hecho este gobierno. Ante una situación de recesión como la padecida y la opción tomada por el Gobierno por mantener ese absurdo e innecesario maridaje sindical, que a fecha de hoy ha consistido en la socialización de una gran porción de las pérdidas privadas y el mantenimiento de un sistema de protección social que deja mucho de desear, la consecuencia inmediata es el incremento insostenible del déficit público y la medita el de la deuda pública. Ante esto, recomiendo hacer lo contrario de lo hecho hasta ahora. Es decir, acelerar cuantas reformas legales sean necesarias para aumentar la productividad, lo que exige ya, sin demora contener los salarios públicos y privados. No hay otra estrategia posible. Visualicemos la historia reciente y observemos como Alemania, que ya en su momento comprendió el problema que padecía, originado por el coste de la reunificación y la pérdida relativa de productividad. Ambas circunstancias incidían negativamente en su mayor potencial económico que reside en la exportación de sus productos. Hizo las reformas legales necesarias, dolorosas por supuesto para la población. Restableció la competitividad mediante una reducción de los costes laborales unitarios. Además, entendió que la disposición por los Länder de ciertas competencias restaba eficacia y eficiencia a las políticas del Gobierno y sin más, el Estado las rescató, racionalizando su propia estructura y posibilitando la aplicación de economías de escala, lo que beneficia a todos los ciudadanos del país. Como ven ustedes, igualito que en España.