Muestras de dolor en el homenaje ayer en Kigali a las víctimas del genocidio. En el círculo, el presidente de Ruanda, Jean Paul Kagame. :: SIMON MAINA/ AFP
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Kagame, el coloso de Liliput

El 20 aniversario del genocidio en Ruanda no consigue disipar las tinieblas que proyecta el actual líder de la diminuta república

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El fuego del pasado despeja las sombras del presente en Ruanda. Desde su pebetero en el Museo del Genocidio, la Llama del Duelo Nacional homenajeará durante los próximos cien días a las 800.000 asesinados en el genocidio de 1994 y, paralelamente, iluminará la maltrecha figura política de Jean Paul Kagame, el principal artífice del régimen que liberó el país de aquella ola de odio. Pero no todas las víctimas de aquellos sucesos han recibido la misma atención. La Administración no ha previsto ningún símil flamígero para los 2 millones de refugiados que provocó la llegada al poder de las milicias tutsis, ni para los diversos crímenes presuntamente políticos cometidos en los últimos veinte años, incluido el de nueve cooperantes españoles que la ley de Reforma de la Justicia Universal puede conducir a la absoluta oscuridad.

La concordia impuesta por las armas y las urnas, rotundamente favorables al Frente Patriótico Ruandés (FPR) desde su llegada al poder, ha sido esgrimida entre las razones del éxito económico que bendice a uno de los países más pequeños del continente africano. Sólo entre 2000 y 2013 el crecimiento rondó el 7,8% de media anual. Se ha hablado de milagro en un sentido literal porque los fondos internacionales, principalmente ayuda a la cooperación, no justifican el súbito impulso de un territorio sin grandes recursos naturales y habitado por una comunidad abrumadoramente campesina dependiente de la agricultura de subsistencia y de los oscilantes precios del café y el té, sus únicos cultivos comerciales.

La verdad está al otro lado de la frontera, según los más críticos con el régimen controlado por la minoría tutsi. El expolio del coltán y la casiterita de las provincias ribereñas de los Grandes Lagos apuntalan este 'boom', ejemplificado en la multitud de precarios andamios que pueblan el horizonte de Kigali, la pulcra capital. El contrabando de minerales explicaría el auge de la ciudad a través de barrios residenciales de nueva generación conocidos, cínicamente, como 'Merci Congo'.

Kagame niega estos ataques, que siempre pueden ser tachados de poscoloniales, y achaca el renacimiento a su apuesta por una economía competitiva basada en los servicios, las tecnologías de la comunicación y la inserción en la Comunidad Económica de África Oriental, formada por antiguas colonias británicas. El reto incluso ha exigido una cirugía cultural insólita ya que Kagame pretende convertir a una población francófona, herencia de la metrópoli belga, en angloparlante a través del sistema educativo, medida reforzada con la entrada en la Commonwealth hace cuatro años.

Esta necesidad geoestratégica se antoja, asimismo, ligada al bagaje de una elite formada en el exilio ugandés, que desdeña la presencia francesa, a la que achaca su connivencia con las masacres hutus. Hoy, el nativo kinyarwanda, la lengua gala y el inglés conviven en un país convertido en árbitro de su región, el aliado fiel de Washington y Londres, capaz de desestabilizar al vecino Congo, el eterno enfermo del continente. Las diversas guerras que han asolado al gigante africano comienzan con el éxodo hutu tras la victoria del FPR y se han apaciguado o azuzado en función de las complejas relaciones, e intereses mutuos, de Kigali y Kinshasha.

Asesinato de opositores

El líder ruandés siempre ha negado esta condición de impulsor de milicias teledirigidas tan poderosas como el M23, aunque diversas ONG abandonaron los campos que Ruanda acondicionó para los tutsis congoleños aduciendo que se usaban para reclutar a guerrilleros para operar al otro lado, donde proliferan las productivas minas. Acusaciones de intrusismo en la política congoleña que opacan las de represión de toda oposición en el interior.

La esperanza de vida de los opositores de Kagame no se beneficia de los avances científicos. En los últimos cinco años han sido asesinados los editores Jean Leonard Rugambage y Charles Ingabire, fundadores de medios nada proclives al régimen, y André Kagwa, que creó el Partido Verde Democrático. La líder opositora Victoire Ingabire sigue entre nosotros, pero el Tribunal Supremo confirmó en diciembre la condena por conspiración y aumentó su pena de 8 a 15 años de prisión.

Tampoco hay paz para antiguos aliados caídos en desgracia. Théogene Tusatsi perdió la dirección del Banco de Desarrollo por no querer declarar la quiebra de la entidad, vinculada, al parecer, al enriquecimiento de la casta dominante. Se exilió en Mozambique y su cuerpo maniatado apareció flotando en el Índico. El caso más conocido, y escandaloso, es el del coronel Patrick Karegeya, antiguo jefe de Inteligencia reconvertido en opositor desde su asilo sudafricano. A principios de este año apareció estrangulado en un hotel de Johannesburgo.

«Los hechos son testarudos y ningún país es tan poderoso como para cambiarlos, aunque crea que lo es», aseguró ayer Kagame en el estadio Amahoro. Quizás la advertencia, que parecía dirigida contra el Elíseo, puede revertir contra su propio autor, porque ni las llamas simbólicas ni la autocomplacencia que se respira en la impoluta Kigali, la capital donde están prohibidos los puestos ambulantes, las bolsas de plástico y las relaciones homosexuales, pueden disipar tantas tinieblas acumuladas en dos décadas de feliz convivencia interétnica.