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El espíritu del Distrito Seis
Un barrio multicultural de Ciudad del Cabo arrasado por la segregación sintetiza la opresión y la esperanza en Sudáfrica
Actualizado: GuardarLos colores vibrantes que conforman la república del arcoíris no se suelen mezclar. Todos participan de espacios comunes, pero la segregación urbanística se mantiene 'de facto', apenas aliviada para negros o mestizos, los menos afortunados en la escala cromática sudafricana. En la etapa del 'apartheid', la ley recalcó la división mediante una estricta separación residencial que impedía los asentamientos multiétnicos. El Distrito Seis, en Ciudad del Cabo, constituyó una excepción dentro de esa estricta disposición, un espacio donde convivieron razas y credos, un foco cultural dotado de identidad propia. El Gobierno lo arrasó en 1966 y fue el propio Nelson Mandela quien, hace diez años, entregó las llaves de sus nuevas casas a los dos primeros supervivientes de una comunidad desarraigada, dispersada y humillada. El fallecido líder asumió el espíritu de aquel vecindario como símbolo del país que soñaba.
La pobreza explica la fecunda confluencia en sus apretadas calles de judíos procedentes del este de Europa, afrikáners, nativos xhosa, indios y malayos, descendientes de esclavos trasportados siglos atrás por la Compañía holandesa de las Indias Orientales desde el sudeste asiático al extremo meridional de África. Sobre una colina, con privilegiadas vistas sobre la bahía, sus moradores sufrieron la marginación de la Administración soportando duras condiciones de hacinamiento e insalubridad, hasta el punto de que en 1901 se desató un brote de peste bubónica que provocó el primer desplazamiento forzado.
Las fotografías decimonónicas confunden. El abigarramiento recuerda el Harlem de aquella época y los tipos y la luz brillante sugieren el viejo Tel Aviv o cualquier otra colonia exótica poblada por inmigrantes de toda condición. Las imágenes que difunde el museo destinado a recoger su memoria hablan de un lugar singular, cosmopolita, poblado por obreros, comerciantes y artesanos, donde se podían encontrar mezquitas, templos hindúes, sinagogas y capillas de la Iglesia holandesa o de la morava, por ejemplo. El jazz sudafricano se nutrió de este crisol y en los clubes de Hanover Street, su principal arteria, se formaron futuros maestros del género como Basil Manenberg Coetzee.
La discriminación social y racial también alentó el caldo de cultivo para la movilización política. En el seno del Distrito Seis surgieron sindicatos, partidos autóctonos como la Organización del Pueblo Africano, impulsada por el colectivo mestizo, y células del Partido Comunista y del Congreso Nacional Africano. En 1901, sus representantes en el consejo municipal de la ciudad eran un hebreo y un musulmán.
La venta clandestina de alcohol, el juego y la prostitución fueron los argumentos esgrimidos por el Gobierno para acabar con este incómodo suburbio. Un siglo después de su nacimiento, el poder aplicó la norma Group Areas Act sobre lo que consideraba un nido de criminalidad. Declarado de exclusiva residencia para blancos, los moradores negros acabaron a 25 kilómetros de sus antiguas casas, en un erial conocido como los Llanos de Ciudad del Cabo, donde fueron instalados en cabañas con techo de uralita. La lucha de la población comenzó antes de que la mayoría de las viviendas desaparecieran víctimas de la piqueta. Los intereses inmobiliarios afloraron de inmediato y los 60.000 afectados recurrieron a la solidaridad extranjera para evitar que se hicieran con las parcelas.
Su constante movilización, heredada de padres a hijos, y la presión internacional disuadieron a compañías como Total y Shell, interesadas en una ubicación tan privilegiada, pero no impidieron que una universidad tecnológica accediera a una quinta parte del suelo liberado generando un nuevo entorno denominado Zonnebloem.
Un larga lucha
El advenimiento de la democracia devolvió la esperanza a los desposeídos, si bien el reconocimiento de sus derechos sólo supuso otro hito en una larga lucha que aún no ha finalizado. El lento proceso de reparación incluye realojos en los nuevos edificios o indemnizaciones, y los desencuentros entre las autoridades y los beneficiarios han provocado protestas y ocupaciones de pisos. El movimiento reivindicativo también ha tenido conflictos con la Alcaldía de Ciudad del Cabo, en manos de Helen Zille, la líder de la opositora Alianza Democrática.
La peripecia del Distrito Seis ha inspirado novelas, poemas e incluso un musical. El barrio condenado se ha convertido en un símbolo nacional porque sintetiza la opresión padecida y, paralelamente, aporta la esperanza de una convivencia multirracial, cuestión objeto de constante debate en la sociedad local. Aunque la variedad de sus integrantes es única, no se trata de una excepción. Las excavadoras también acabaron con otras comunidades variopintas como Sophiatown y Fietas en Johannesburgo, y Marabastad, ubicada dentro del área urbana de Pretoria.
La ciencia ficción se ha inspirado en su desventura. 'Distrito 9', la película sudafricana con mayor éxito internacional, habla del aterrizaje en el país de una nave llena de alienígenas y su reclusión en un gueto hostigado por los militares. El recelo ante la naturaleza de los forasteros y sus intenciones alienta una solución final que se pretende fácil, rápida y silenciosa. Pero la destrucción, a veces, sólo es el principio.