El próximo salto
Actualizado: GuardarAcaba de llamarme mi abogada para decirme que los del juzgado vienen de camino. He madrugado para arreglar la casa y ha quedado todo listo y recogido para la visita.
Hace cinco años que vivo sola, sin novios ni perros. Este último mes he tenido muchas citas. He regalado poco a poco y por separado mis pertenencias más valiosas y queridas. He paseado los parques y he visto caer más hojas que en todos los otoños anteriores.
Pienso en quienes viven preocupados por el futuro y en todos los que sufrimos la angustia de un presente que no era para nosotros ni para nadie. Hasta que se nos ha impuesto la realidad de un contrato que pensábamos cumplir, la evidencia de unas condiciones que no son las del momento de la firma, la crudeza de un paro que no se imaginaba al comprar una casa. La pobreza para siempre.
Quedamos a la intemperie, sin techo, tirados por una ley que no contemplaba estas circunstancias en las que si hay un empleo nuevo, ya no da para las facturas. Inclemente, la ley se derrama e inunda todo como si España se hubiera convertido en una rambla mediterránea. Los dos partidos que gobiernan dicen que piensan en nosotros, pero no como nosotros pensamos en ellos. Porque la ley protege a los campos de fuerza, a los intereses, al dinero de ficción. No a viejos ni a niños, ni a los bienaventurados pobres de espíritu, como dice la Biblia. Las leyes cambian ante nuevas circunstancias y necesidades, por obsoletas, o por «alarma social» cuando se trata de endurecerlas. Pero ahora la ley, ajena a lo real, con su dureza nos ha usurpado a las sardinas el derecho de seguir viviendo en una lata.
No quiero molestar a nadie. Menos aún si va a ser inútil. Prefiero moverme una sola vez, sin ansiedad, sin escritos, sin carteles ni silbatos, que dejo a los que no tienen más remedio que cuidar a quienes dependen de ellos. Yo quiero pensar que por cada uno de los que salgamos a protestar al balcón, se dará una zancada para acabar con todo esto.
Ya llegan. Está todo en su sitio. Abierta la puerta de la calle. Es el momento. Oigo en mi cabeza la canción: Miro hacia el cielo. Y salto.