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El paraguas de Granada

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Cuando el portugués Carlos Martins recibió el balón en el centro del campo imaginó por un momento que se lo había pasado su hijo Gustavo. Aguantó el primer agarrón y el segundo y dirigió su mirada hacia Dudú Aouate. Bueno más que hacía el guardameta del Mallorca hacia la propia portería porque en realidad daba igual donde estuviera situado el irregular cancerbero bermellón. El balón iba a entrar de todas formas.

Pero ese gran gol cedió su protagonismo a la celebración, una de las más bellas y emotivas que se recuerdan en nuestro campeonato. Martins, con lágrimas en los ojos, alzó sus brazos al cielo para dedicar el tanto a su hijo enfermo de leucemia, y que necesita con urgencia un trasplante de médula para salvar la vida. «Mi hijo está ahora bien, pero por su enfermedad tiene algunas limitaciones y queremos salvar su vida. Es muy fuerte y sé que lo superará, con certeza», finalizó un emocionado Martins que confía en que su hijo Gustavo supere este complicado trance de su vida. Sin embargo, estas declaraciones las realizó al final de una cita que nunca concluyó porque un juez de línea fue agredido con un paraguas y el colegiado, siguiendo fielmente el reglamento como hay que hacer, suspendió el partido. Su lógica decisión ha provocado algunas críticas con un argumento tan endeble como que el objeto no impactó con la suficiente fuerza en la cara del asistente como para aplazar el encuentro y que había un cuarto árbitro con potestad para sustituirlo.

Seguramente, Martins podrá contarle a su hijo que un día le dedicó un golazo en Los Carmenes después de que muchos aficionados donaran su sangre para que se salvara. También le educará para que ni se le ocurra tirar un paraguas a un campo de fútbol. Y si tiene la mala suerte de que se le escapa le explicará que lo que ocurrió hace años fue producto de la tensión del momento y que quien lo hizo quería mucho a su equipo. Y esa noche, por su «culpa», un poquito más.