La torre horizontal
Actualizado:El ser humano es autodestructivo por naturaleza, a pesar de que haya sido capaz de albergar en su seno las mayores creaciones imaginables. A lo largo de los siglos, la literatura y el arte han dejado repetida constancia de este hecho. Ya el historiador griego Heródoto, en el primero de sus «nueve libros», hace referencia a la mítica torre cuyo derrumbe marcó el desmoronamiento del poderoso imperio babilónico. Sobradamente conocido es también el lienzo apocalíptico de Brueghel el Viejo, de 1563, donde se representa la construcción de la torre que, según el mito bíblico, habría sembrado el caos lingüístico y la confusión entre los hombres.
La idea de construir una torre insuperable como para demostrar a una posteridad estupefacta que el centro de gravedad es sólo un prejuicio estéril de la ingeniería del que los monumentos pueden prescindir, resulta sencillamente disparatada, y más propia de sociedades decadentes y finiseculares que de naciones serias y avanzadas, pero, a pesar de ello, las sucesivas civilizaciones, con independencia de su estadio cultural, de su religión, de su lengua, han ido almacenando en sus anales el vergonzoso testimonio de esta ingeniería aplicada al capricho y la ostentación, que, a la postre, ha terminado por revelársenos del todo ineficaz, puesto que el destino de esas construcciones no era otro que el de ser sistemáticamente derruidas. Pero no es necesario remontarse hasta tan lejos para encontrar ejemplos: hace pocas fechas, algo semejante tuvo lugar en un pequeño pueblo holandés.
En Leeuwarden todos esperaban con impaciencia la llegada del gran día. Los empleados de Mediax Entertaiment, la productora encargada de organizar y patrocinar el que estaba llamado a ser el mayor evento televisivo del año, trabajaban a contrarreloj con una sola idea en la cabeza: batir su propio Récord Mundial de Efecto Dominó, cuya marca anterior había sido fijada en medio millón de fichas. Ingenieros en microestructuras traídos de todo el mundo se habían sumado a esta empresa memorable y babélica, que sería retransmitida de manera inminente ante la mirada atónita de millones de espectadores. Así, todo estaba cerrado y rigurosamente dispuesto para el gran día, y ese día había llegado. Pero minutos antes de que diera comienzo el espectáculo, un inconsciente pájaro doméstico se adentró en el recinto habilitado al efecto y, con precisión milimétrica, se abatió sobre el ángulo indistinto de la primera ficha con la certeza trágica de quien, después de haber pasado años buscándola, encuentra al fin su casa entre ruinas.