La segunda muerte de Hess
Los restos del lugarteniente de Hitler serán incinerados para que su tumba deje de ser la meca de peregrinación neonazi
BERLÍN.Actualizado:Cuando Rudolf Hess, el famoso lugarteniente de Hitler, ingresó en la cárcel de Spandau en 1947 para cumplir cadena perpetua se convirtió en el 'prisionero número 7' y quedó sujeto a las duras reglas de las potencias aliadas para impedir que el criminal nazi se quitara la vida. No podía recibir flores, las pocas personas que lo visitaban tenían prohibido estrecharle la mano y los carceleros le requisaban sus gafas todas las noches. Este ritual se prolongó 40 años y 30 días, hasta que a los 93 años, a pesar de la estrecha vigilancia, Hess se ahorcó en la soledad de su celda.
Era el 17 de agosto de 1987, una fecha que se convirtió en sagrada para los nazis que aún soñaban con las glorias del III Reich. En un gesto de humanidad, las autoridades germanas accedieron al último deseo de Hess y permitieron que sus restos fueran enterrados en la tumba familiar en Wunsiedel. Cada 17 de agosto, el pequeño cementerio de esta localidad bávara se convertía, para disgusto de su población y de las autoridades federales, en la meca de una romería de neonazis que llegaba a la tumba para rendir homenaje al último héroe de la dictadura; el hombre que ayudó a Hitler a redactar su famoso libro 'Mi lucha' cuando ambos ocupaban sendas celdas en Landsberg, una cárcel de Munich.
Esta procesión anual llegó a su fin en 2005, cuando una ley reformó el derecho de reunión en lugares públicos y prohibió las manifestaciones ante su sepulcro. Pero no impidió que neonazis de todo el mundo siguieran invadiendo cada año el pintoresco pueblo. Una situación que la iglesia evangélica de la localidad se propuso atajar con el traslado de los restos del líder nazi el pasado miércoles de madrugada.
La parroquia, que en 1987 había aceptado albergar los restos de Hess, había comunicado a sus descendientes que la concesión de la sepultura llegaba a su fin en octubre, sin posibilidad de prorrogarla. Una nieta de Hess intentó impedir la exhumación, pero terminó claudicando ante los argumentos eclesiásticos: había que impedir que el pueblo siguiera convirtiéndose en un centro de peregrinación de la ultraderecha.
Sus familiares desistieron de recurrir ante la justicia y aceptaron la exhumación de los restos para evitar que los fanáticos profanaran latumba familiar. Los restos de Rudolf Hess, el jerarca nazi que intentó sellar un acuerdo de paz con Inglaterra en 1941 con su vuelo solitario a Escocia, serán incinerados y sus cenizas esparcidas en el Mar del Norte. Una acción que debe poner fin a las romerías de Wunsiedel.