El gusto por la sorpresa
La gestión de Zapatero ha estado marcada por continuos golpes de efecto
MADRID.Actualizado:José Luis Rodríguez Zapatero ha vuelto a demostrar que los golpes de efecto son lo suyo, que le gustan los sobresaltos. Ríos de tinta y un sinfín de palabras sobre qué decisión iba a tomar y cuándo la iba a anunciar han precedido al bombazo político del año. Pero también ha puesto de manifiesto que es un hombre de partido, dijo que daría a conocer lo que iba a hacer en los órganos del PSOE, y lo ha hecho en la instancia más relevante de la organización a excepción de los congresos, el Comité Federal. Sorpresa y disciplina, dos de los rasgos que mejor sintetizan su personalidad.
Asombró cuando resolvió que su primera medida como presidente del Gobierno fuera la retirada de Irak; dejó estupefactos a muchos con el avanzado sesgo social de su primera legislatura, el matrimonio entre homosexuales incluido; se sacó de la manga la estrategia diplomática de la Alianza de Civilizaciones; puso las riendas del PSOE en manos de una inexperta Leire Pajín; se embarcó, contra el criterio de buena parte de su partido, en un proceso de conversaciones con ETA; remodeló su gobierno para situar a Rubalcaba al frente de todo; dio un giro de 180 grados a su política con un ajuste económico brutal en mayo pasado en el que se dejó jirones de su discurso. De su gestión se podrá decir muchas cosas, menos que ha sido anodina. Los sobresaltos han estado a la orden del día.
Se mostró como socialista a carta cabal cuando institucionalizó las aperturas del curso político en septiembre con su presencia en la fiesta minera de Rodiezmo; retuvo y amplió el discurso progresista pese a estar en la Moncloa, un lugar que siempre modera; ha sido, y hasta ahora es, aunque está por ver qué pasa en los próximos meses, el secretario general con más poder orgánico y menor contestación interna; mostró una comprensión infinita con los sindicatos, que convocaron una huelga general contra su política laboral, y con esos mismos sindicatos firmó cuatro meses después la paz social.
Fidelidad de acero
El problema que José Luis Rodríguez Zapatero tendrá a partir de ahora es combinar este gusto por la sorpresa con la mentada disciplina. Será una buena prueba de su control del partido. Para ello cuenta con una inestimable guardia de corps, José Blanco, Alfredo Pérez Rubalcaba y Marcelino Iglesias, que hasta ahora han demostrado una fidelidad de acero. Pero el socialista es un partido con querencia al desorden y un pellizco ácrata, y no va a poner fácil lidiar con la bicefalia hacia la que el PSOE camina sin remedio. El precedente, encima, es nefasto.
Después de las elecciones primarias, si las hay, para elegir el sustituto para 2012, los socialistas van a tener dos referentes, el presidente del Gobierno y el candidato. Esas convivencias nunca son fáciles aunque Zapatero atesora en su favor que no tiene muchos cadáveres en el armario ni demasiadas facturas pendientes. Claro que las primarias, como dicen en el PSOE, las carga el diablo y quién garantiza que no irrumpa en escena un 'outsider' que quiera arramblar con el 'zapaterismo'.
Secretario general
Queda además la duda sobre el secretario general porque no está claro si habrá un congreso antes de las elecciones para elegir un nuevo líder o se mantendrá el calendario para celebrar una asamblea ordinaria después de los comicios y Zapatero retendrá el timón hasta entonces. La decisión del todavía presidente ha certificado, además, que lo que dijo como quien no dice nada hace siete años en un avión estaba muy macerado pese a que estuviera en los albores de su primer gobierno. Aquel 28 de junio de 2004 comentó que igual que José María Aznar, se apuntaba a los dos mandatos. Si entonces lo tenía claro, los acontecimientos de esta legislatura no han hecho más que remar en esa dirección.
El presidente del Ejecutivo planteó la limitación en clave de higiene democrática y también personal pues la familia en su caso pesa, y mucho, pero la verdad es que la evolución política de esta legislatura casi no permitía otra salida. Con una valoración social por los suelos, su imagen es un lastre electoral para un Partido Socialista también hundido en los últimos meses. Una situación inversa a la vivida por los socialistas en 1995, cuando la marca Felipe González tiraba de la formación.
Con todo, Zapatero tuvo dudas a última hora. El gallinero en que se convirtió el patio socialista en las últimas semanas hizo que repensara la decisión. Todas las soluciones al ruidoso debate sucesorio eran malas. Presentarse estaba descartado. Crecía la impresión de que todo se iba a aplazar hasta después del 22 de mayo. Pero al presidente le gustan las sorpresas.