LIMONES AMARGOS
Actualizado: GuardarSegún los cálculos más exactos, los inmigrantes han sido exprimidos hasta la última gota de su sudor. Ya no hay forma de sacarles más zumo laboral y el trabajo escasea también para los nativos. 'De fuerza vendrá quien de casa te echará' proclama uno de esos refranes españoles, pero a ellos no les han echado de sus hogares, que casi siempre eran colectivos, sino de sus trabajos. Los datos son los datos y se imponen a los discursos: en estos momentos hay en España 1.078.000 inmigrantes sin empleo.
Es la ocasión para agradecerles los servicios prestados, no sin hacerles constar su deferencia por habernos visitado y desearles un feliz regreso a los infelices países de origen. El PP, con su habitual energía verbal, reclama que todos los extranjeros sin contrato laboral se vayan por donde han venido. Cataluña, que ha acogido a tanta gente, propone la repatriación de los que encontraron allí su patria, pero ahora no encuentran ocupación.
Habrá que repartir pañuelos para despedirse de los que vinieron a echarnos una mano en las tareas que desdeñábamos realizar los nativos cuando nos creíamos que éramos ricos todos. Muchos españoles, provechosamente hospitalarios, se encariñaron con personas venidas de lejos, «sangre de Hispania fecunda». No era difícil aprender de ellos cortesía, ni lenguaje. Muchas amas de casa enriquecieron su cultura y sus modales gracias a una criada filipina y no pocos patrones encontraron un buen ejemplo en los que trabajan bajo techos de plástico. ¿Cómo no tener una palabra de gratitud para añadirlas al adiós? Pedir que se haga algo por los que vinieron no es demagogia, sino pura correspondencia. Sobre todo por los menores que llegaron escondidos en un camión o en un cayuco o en una patera. Exigirles que trajeran su documentación en regla es algo verdaderamente sarcástico. La única prueba que puede presentar de su existencia es que siguen vivos.