ESPAÑA

Zapatero se somete a un curso acelerado de política internacional antes de presidir la UE

Realizará en los últimos meses de 2009 una segunda incursión en Oriente Próximo con visitas a El Cairo y a países de la zona

MADRID Actualizado: Guardar
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Cuando Nicolas Sarkozy dejó la presidencia rotatoria de la UE, en diciembre de 2008, los comentarios sobre su gestión fueron relativamente unánimes: con su vistosa manera de hacer política, o pese a ella, había conseguido que la voz de Europa sonara con más fuerza en el mundo. La experiencia sirvió al presidente francés para consolidar su imagen internacional y para contener, de puertas adentro, la vertiginosa pendiente por la que caía su popularidad apenas un año después de llegar al poder.

Ahora José Luis Rodríguez Zapatero juega contrarreloj para que el turno le coja con los deberes hechos. La agenda del jefe del Ejecutivo para el último trimestre del año es sin duda la más internacional de sus cinco años de mandato. Intenta recuperar el tiempo perdido. En sus propias filas se echó siempre en falta una mayor implicación en la política exterior y, ante lo inminente de la ocasión -España asume la presidencia de la UE en enero de 2010- no le ha quedado más remedio que someterse a viajes intensos como el que la pasada semana le llevó de la Casa Blanca a Oriente Próximo, escenarios clave para el orden internacional que hasta ahora desconocía.

Sus asesores preparan ya nuevas visitas a varios países europeos; en diciembre se espera que se desplace a El Cairo y a algún otro país árabe -posiblemente Qatar, uno de los principales contribuidores financieros de la Alianza de Civilizaciones- y también se prevé, hacia primeros de año, otro viaje a Estados Unidos. Si todo saliera según lo deseado, el nuevo proceso de paz auspiciado por Barack Obama tendría desarrollo en coincidencia con la presidencia española.

No es que Zapatero pretenda ser anfitrión, según asegura, de un encuentro como aquella histórica Conferencia de Madrid que en 1991 le correspondió organizar al Gobierno de Felipe González, a instancias de la Administración norteamericana. Veinticuatro horas entre Jerusalén y Ramala bastaron para apaciguar su optimismo antropológico. Pero cabe la posibilidad de que la negociación entre Israel, sus vecinos árabes y los palestinos sea el asunto de mayor interés internacional en los próximos meses. La Unión Europea pinta demasiado poco en este asunto y el presidente del Gobierno debe intentar no quedar fuera de juego.

Es cierto que ni él es Sarkozy ni España es Francia. La prueba está en asuntos aparentemente anecdóticos. El mismo día en el que él llegó a la Casa Blanca apenas había referencias de su encuentro con Obama en la prensa estadounidense; sí se podía leer, en cambio, la polémica generada por la aspiración del hijo del mandatario francés a presidir un organismo financiero con apenas 23 años. Tampoco la repercusión de su jornada en Jerusalén y Ramala tuvo excesivo eco en los medios israelíes. Los sirios, en cambio, le concedieron otro trato.

La ventaja para el presidente del Gobierno español es que tomará el relevo al frente de la UE después de que el puesto haya estado un año en barbecho. Al francés le sucedieron los euroescépticos checos, en el primer semestre de 2009, y ahora es Suecia, país que no forma parte de la eurozona, que está al mando. Zapatero puede llenar el cargo con mayor facilidad. Pero, sobre todo, tiene a Obama, un presidente que apuesta por el multilateralismo, con quien existe una gran sintonía política.

Sarkozy tuvo que lidiar con Bush, que era ya un pato cojo (así llaman los estadounidenses a los presidentes en la fase final de su mandato). El ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, asegura que el presidente de EE UU vio en el gobernante español un buen emisario de sus mensajes a Oriente Próximo. Otras fuentes afirman que España no pretende actuar como correveidile, sino aportar a la resolución del conflicto.

Si el presidente checo, Vaclav Klaus, cumple lo previsto y claudica, el Tratado de Lisboa entrará en vigor el próximo año. La principal consecuencia: habrá que elegir al presidente permanente de la UE. El británico Tony Blair encabeza todas las quinielas, aunque sus detractores -fundamentalmente, el Benelux- pujan con tanta fuerza que ya han conseguido hacer mella en su campaña. Felipe González, el primer ministro holandés, Jean Peter Balkenende, o la ex presidenta de Irlanda, Mary Robinson son otros nombres.

El presidente de la UE debe ser alguien con una fuerte personalidad política. Ése fue uno de los motivos por los que Blair se convirtió también en emisario del Cuarteto de Madrid para Oriente Próximo. Su emergencia como líder europeo podría eclipsar el papel de Zapatero como presidente de turno.