Editorial

Contestación nacionalista

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La manifestación de protesta por la detención de los presuntos integrantes de una nueva dirección de la izquierda abertzale ilegalizada, que ayer congregó a miles de personas en San Sebastián, no sólo es reflejo de los apoyos que todavía concita la trama organizada en torno a ETA. Demuestra, sobre todo, cómo muchos ciudadanos vascos siguen dando la espalda o mirando de reojo a la Ley y al Estado de Derecho cuando éstos reducen el margen de impunidad del que se ha venido sirviendo el terrorismo. Los convocantes de la marcha trataron de presentarla como la respuesta ante una operación policial y judicial cuyo supuesto y único objetivo habría sido abortar una «iniciativa política de calado» o una «vía de solución al problema» de la violencia, dando por supuesto que Arnaldo Otegi y Rafa Díez Usabiaga han sido encarcelados mientras lideraban algún movimiento en el seno de la izquierda abertzale. Pero todo ello no describe otra cosa que un enredo que permitiría a ETA hacerse con las riendas del abertzalismo mediante la gestión de treguas temporales a la medida de la banda terrorista; excluyendo además al PNV de la jugada. Tal pretensión resulta tan aviesa como pueril. No sólo porque las intenciones de la izquierda abertzale no aguantarán mucho más que la manifestación de ayer antes de que se delate su verdadero propósito de arropar a una debilitada ETA, lo que se ha dejado entrever en los últimos episodios de violencia callejera perpetrados en el País Vasco. Sobre todo porque la sociedad y las instituciones están suficientemente escarmentadas de las engañosas palabras de diálogo pronunciadas por los voceros de la banda, y doloridas por décadas de saña y muerte, como para avenirse a escuchar un evanescente mensaje de pretendida esperanza que -y es importante recordarlo- en realidad no han emitido ni Otegi ni Díez Usabiaga. Ayer, en el transcurso de la manifestación, el dirigente del PNV Joseba Egibar rehusó valorar el contenido del auto dictado por el juez Garzón, quizá porque resulta paradójico que los peneuvistas se sientan obligados a mostrar su solidaridad hacia dirigentes de la izquierda abertzale que continúan bajo la disciplina etarra.