Polanski
Actualizado: GuardarUn Estado de Derecho, como su propio enunciado dice, es aquél donde las normas y leyes consensuadas por mayoría tienen el mismo valor y mandato para todos los ciudadanos. Los coronados, los togados, los pontífices y los carpinteros. También los artistas, por más geniales que sean. De lo contrario, o hablaríamos de una dictadura, recuerden: todo dictador anula las leyes vigentes e instaura las propias; o de un país bananero donde puede darse el derecho de pernada, la lapidación, la exclusión por creencia, etnia o pensamiento... y cuanto se le ocurra a la mente más pervertida. Que Roman Polanski hiciera lo posible por saltarse las normas, como largarse a otro continente estando en libertad condicional, puedo comprenderlo. Ni el asesino ni el violador se presentan voluntariamente en comisaría. Que su abogado hable del «hombre bueno, con setenta y seis años, que no merece un día de cárcel», también, para eso le pagan sus minutos a precio de usura. Ahora bien, que sus compañeros de profesión realicen una cruzada para evitarle un juicio al cineasta 'supuesto' violador me escandaliza. Una de dos: o todos desean verse en su pellejo y envidian al cincuentón que fue cuando se benefició a una niña de trece años; o se trata del más burdo caso de corporativismo. También pudiera tratarse de una visión diferente del crimen de violación: '¡Coño, que van provocando, eso no es delito, es pulsión sexual!'. O sea, chimpancés aturullados y compulsivos.
En esta historia, como en todas, caben matices, pero no de legalidad, sino de discusión de responsabilidades: los padres de la criatura permitiéndole ser modelo a la edad en que debía estar explorando besos de espinillas; el mundo corrupto de Hollywood; la sociedad que valora lo joven como bueno y deseable hasta extremos de paranoia... Pero ninguna de tales consideraciones evita el delito de violación. O cuando menos el estupro ejercido por un adulto ya talludito sobre un menor en edad. No sólo en el cine, podrían mencionarse escabrosas historias similares en el mundo de los escritores. Por ejemplo. ¿Cómo puede respetarse el ordenamiento si algunos no se hallan sometidos a él? Pues por la pura fuerza. Cicerón, republicano y sabio, aseguraba que las normas y las leyes se hacen fuertes cuando recaen, en justicia, sobre las cabezas de los principales.