Modelación
Actualizado: GuardarNo me atreví a llevarle la contraria, por no salpicar de necedad su halo sacerdotal, al decirme Camilo José Cela, aquel exquisito incendio inextinguible, que «España era un país de aficionados». Desde aquel entonces, esta lapidaria máxima me ha venido barrenando el cerebro como una tozuda carcoma, siendo incapaz, aún hoy, de quitarle la razón post mortem. Quizás porque opine, por dilatada experiencia y capacidad de contraste, que el aficionado profesional se caracteriza por su incapacidad para la reflexión, y por no ser ésta atributo virtuoso consustancial de nuestro pueblo. Primero hacemos y luego reflexionamos. Somos maestros de la improvisación, quizás tan sólo aventajados por los chinos, sobre todo por los de la etnia urbanita han, vanagloriándonos para colmo de ser ineptos para la planificación. La improvisación, tiende a convertir lo perdurable en efímero, lo estructural en coyuntural, lo importante en urgente y lo esencial en anecdótico, con el cúmulo de errores de apreciación y valoración que ello conlleva.
Mi maestro Zvi Anatowsky opinaba que España, a la que adoraba como buen judío, aún no siendo de origen sefardita, era el país más exótico del mundo, no estando basada su opinión en interpretaciones folkloristas a lo Merimée, ni por desconocimiento sustancial del mundo. Siempre que veníamos a España quería pasear, comiendo cerezas de ser ello posible, su delirio, para analizar, peripatéticamente, los patentes casos de cólera que detectaba en nuestro carácter. Le maravillaba que esa irreductible cólera nos sirviera para tan poco; que le sacáramos tan poco beneficio por defectos de encauzamiento. Así también, percibía que los españoles éramos expertos en la inculpación. Es cierto, tenemos una rara habilidad, colérica también, de encontrar, con dictamen fulmíneo, un culpable para cualquier accidente, creyendo que esa inculpación irreflexiva aparta de nosotros el peso ético de asumir una alícuota parte de la responsabilidad social.
Dándoles crédito a las valoraciones de Cela y Anatowsky, maestros cada uno en lo suyo, reflexionemos, con profesionalidad y mansedumbre, sobre la proclama que hemos oído con profusión últimamente, difundida desde muy diversos foros: «hay que cambiar el modelo de sociedad» y, por ende, el «modelo productivo». Tras respirar sosegadamente, cuestionémonos las siguientes preguntas: ¿Quién asume la responsabilidad de modelar los modelos? O bien: ¿a quién se le encomiendan esas modelaciones? Para ese cuestionamiento mayéutico no tenemos más respuesta, al menos yo, que arriesgarnos a asegurar que es la Nación, como Poder Soberano, considerado así por la Constitución de Cádiz de 1812, y refrendado, en su acepción de Pueblo, en la vigente Carta Magna, la que debe asumir la responsabilidad de encomendar esas modelaciones al más lúcido estamento de su Sociedad Civil: la Universidad. Y que esta encomienda le inste a obrar con prontitud, eficacia, deontología, talento, ética, profesionalidad y fantasía para diseñar un modelo de coexistencia feraz, de productividad sostenible, capaz de encauzar las vidas de los ciudadanos hacia la justa y anhelada felicidad, ajena a toda iracundia, rencor, encono, inculpación y cainismo.