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Delgado muestra orgulloso varias trenzas de más de un metro de largo que asegura tener «de siempre».
Sociedad

Salvado por los pelos

Justino Delgado posee el mayor almacén de cabello humano del mundo. La crisis le sonríe: «La gente ha empezado de nuevo a querer vender su coleta»

SONIA QUINTANA
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«Mi mundo es el cabello y así me complazco en presentárselo». Con estas palabras Justino Delgado (Olombrada, Segovia, 1940) da la bienvenida a todo aquel que se acerca a su casa en el madrileño barrio de Carabanchel. Lleva casi medio siglo dedicado a la compra venta de cabello humano natural, lo que le ha hecho poseedor del mayor almacén de este género del mundo, y el único en España. Pero hasta llegar aquí «he tenido que pasar mucho», recuerda este segoviano, al que el amor le trajo a Valladolid. «Yo nací en Olombrada, pero mi casa está en Campaspero, de donde es Lunila, mi mujer», explica Justino. Orgulloso de su almacén de 4.500 metros cuadrados -donde sólo hay sacos, cajas y estanterías llenas de coletas-, Justino muestra con mimo cada rincón de la nave industrial. Podría presumir de tantas cosas... pero sólo lo hace de dos: de saber diferenciar, con los ojos cerrados, la procedencia de cada tipo de cabello; y de conservar a sus amigos de toda la vida, los de su Olombrada natal.

«Yo empecé desde muy niño siendo chatarrero. Comprando y vendiendo chatarra y pieles. Cuando un amigo de Segovia, ya fallecido, Antonio Velasco, me llamó para proponerme este negocio, pensé: '¿Pelo de persona! ¿Lo que me faltaba por hacer!'», recuerda Justino. «Ahora no me hace falta más que comérmelo. Todo lo que tengo me lo ha pagado el pelo», Han pasado 48 años desde aquel día, pero rememora el momento como si la conversación con su amigo Antonio hubiese tenido lugar ayer. «Me dijo: 'Justino, le voy a contar un secreto, que no se lo confiaría ni a mis hijos. Le voy a proponer un negocio, muy bonito, con el que usted me va a hacer rico a mí, y yo a usted, pero hay que trabajar mucho'. '¿A mí un negocio?' -le respondí- 'ganas de trabajar tengo muchas pero no tengo ni una peseta para empezar'. 'No necesita dinero', me contestó. '¿Y qué negocio es ese para el que no necesita ni un duro?'». Por aquel entonces, Justino trabajaba de chófer. «Me pasaba catorce horas conduciendo un camión por 2.000 pesetas a la semana. Me vino Dios a ver», cuenta Justino.

Un puñado de coletas

«Yo sabía que Antonio no me engañaba. Así que esa misma tarde, me dejó su moto -yo sólo tenía una bicicleta-, me dio unas coletas para que las llevara en la mano como reclamo y me subí al pueblo de San Cristóbal a buscar pelo. En aquellos años las mujeres salían a coser al sol y a 'darle a la sin hueso' a las puertas de sus casas, así que no me fue difícil conseguir varias coletas. En un par de horas, volví a casa de Antonio con tres o cuatro kilos de pelo en una bolsa. Pensé: 'Esto no vale nada' y le dije: 'Me va usted a matar pero es todo lo que he conseguido'. ¿Me dio 2.000 pesetas! Así fue como empecé. A los tres o cuatro meses de andar y correr de aquí para allá en bicicleta, me compré una moto. Había mucho negocio», recuerda Justino.

«En los años sesenta había mucha hambre en las zonas pobres. Y yo sé lo que es pasar hambre de verdad. En mi casa, había veces que mi madre no tenía ni para darnos un pedazo de pan», cuenta Justino. Y no exagera ni un pelo -nunca mejor dicho- quienes le conocen de toda la vida en Olombrada, así lo corroboran. «Yo tuve una novia que me dejó por pobre. Sí, sí, por pobre. Me quería mucho pero su familia le obligó a dejarme porque no tenía nada. Y era cierto. No tenía nada, pero nada de nada», relata Justino, mientras desenfunda el Ferrari Testarrosa que duerme en su garaje.

Confiesa que quiere jubilarse, pero que sus hijos -Yolanda, Nuria, Juan Carlos y Óscar, todos implicados en el negocio familiar- no le dejan. «Siempre me necesitan para hacer algún recado», se lamenta. Lo dice con la boca pequeña. Tanto él como su mujer Lunila se pasan todos los días por el almacén madrileño de la calle Aguacate para dar una vuelta. Es su vida. «¿Qué voy a hacer cuando me jubile? Irme a Campaspero. No voy a viajar porque me sé todo el mundo. Dime una ciudad y seguro que he pasado por ella mínimo unas siete veces en mi vida», reseña este segoviano, cuya conversación está plagada de anécdotas. Como cuando se fue a Nueva York, sin saber una palabra de inglés, «con una maletita de pelo». Corría el año 1972.

A principios de los setenta la fibra sintética revolucionó el mercado de las pelucas. «Fue mi ruina», puntualiza Justino. «Tenía 14 millones de pesetas en pelo en el almacén que no valían nada. Y era todo lo que tenía. Juré no volver a comprar más pelo en mi vida», describe Justino. «Una amiga me dijo, '¿Por qué no te vas a América? Tú eres un hombre con suerte'. '¿A América? ¿Dónde está eso?'. Cogí el avión y me fui a Nueva York», cuenta con la tranquilidad de a quien le han ido bien las cosas. «Llegué a la oficina de la Cámara de Comercio Española y le dije a la chica que me atendió: 'Vengo a vender pelo'. '¿Pelo?', me respondió sorprendida. 'Aquí la gente viene a vender zapatos pero ¿pelo?'. Vendí en un día lo que no había vendido en España en dos años. Me quedé sin nada. Un cliente de pelucas de Filadelfia -tenía la fábrica en la calle la fresa (Strawberry Street)- quería comprarme todo, pero yo ya había dado mi palabra a otros, así que me dio 10.000 dólares y me dijo: 'Para que usted compre pelo en España y me lo traiga'», cuenta.

De Alemania a la India

Sigue teniendo la misma cara de buena persona que entonces. «No me conocía de nada y me dio 10.000 dólares», recuerda todavía agradecido, mientras explica que sigue conservando muchos de los clientes que hizo en Estados Unidos en aquella época. «En 1973, España se quedó sin pelo» -explica- «Hay que recordar que una trenza de 50 centímetros es media vida de una mujer».

Y Justino salió a buscarlo a Alemania, Rusia, Siberia, China, Pakistán, India... Y en eso sigue. Trayendo y llevando pelo por todo el planeta. ¿Su secreto? Como el de la Coca-cola. Una máquina inventada por él, que le fabrica y arregla un amigo en el mismo almacén. «Aquí no se pueden hacer fotografías», dice al llegar al 'corazón' del almacén. «Del resto, estáis en vuestra casa».