AL AIRE LIBRE

23-F

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quella tarde, y a la misma hora habitual de las cinco y media, más o menos, el autobús del colegio me dejó donde siempre, en la acera del antiguo edificio del Ayuntamiento, en Madre de Dios, cuyo patio aun conservaba un busto de Franco. Igual que tantas veces me dirigí hacia mi casa, pensando en el control de matemáticas que tendríamos al día siguiente, y para el que mi ánimo de estudio no albergaba disposición alguna merced a mi nulo amor por las ciencias exactas, que aun conservo con primor. El cielo de febrero estaba gris, y la vida cotidiana no parecía barruntar lo que ya se había cocido en Madrid. Calculo que entre mi llegada al domicilio y la merienda habitual se produjo la escena del Congreso, pero por aquellos años la información todavía discurría con lentitud. Sólo había dos cadenas de una misma televisión pública, no había móviles, ni Internet, ni nada que se le pareciese. Enfrascado en la preparación del examen, hablé por teléfono con mi amigo Cuesta (ya saben, la identidad colegial siempre la marca el primer apellido) y fue éste el que, no se de qué modo, me contó medio en secreto lo que podía estar pasando en Madrid. Como quiera que yo no parecí dar crédito a lo que escuchaba, mi compañero Cuesta me sugirió que contrastase la información con nuestro común compañero de curso Carrero (aviso: no tiene nada que ver con el asesinado Almirante), y así lo hice. Carrero se gustó más en la suerte, porque me dijo que, efectivamente, los militares habían ocupado el Congreso, y que él había salido un momento después del incidente, cuando podía haber trascendido con cierta publicidad, y había notado que los habituales porretas merodeadores de un kiosco se habían volatilizado. Así, entre llamadas y preguntas, ví las primeras imágenes por la tele, calculo que entre las ocho y ocho y media. Luego vinieron mis padres. Yo pregunté a mi padre y me dijo que no pasaba nada, que no había de que preocuparse, pero por su gesto adiviné que había hablado con Madrid y que sabía algo mas. Desde mi cuarto, oía frases inconexas que hablaban de cuarteles y mandos. Cuando se confirmó todo, la tele suprimió la programación habitual y emitió por la primera una película de Bob Hope, para que los españoles echáramos unas risas y nos relajáramos. Ya desde la cama, oí el mensaje del Rey y me dormí. Así pasé, a mis dieciséis años, la noche de un día que aun guarda demasiados enigmas.