Una de acentos
Actualizado: GuardarDe un tiempo a esta parte, los andaluces hemos empezado a creernos que la brecha de desarrollo que nos separa del resto de España cada vez es más pequeña. En Andalucía se investiga con células madre, las universidades incorporan nuevas titulaciones para un alumnado cada vez más numeroso, tenemos Alta Velocidad y autovías por doquier y las bandas anchas y las zonas wi-fi empiezan a extenderse por la comunidad. En un arrebato de optimismo, los andaluces pensamos que, al igual que nosotros nos sentimos cada vez más integrados con el resto del país en todos los aspectos, los demás también lo perciben y nos sienten y tratan como a iguales. Lo que ocurre es que de vez en cuando recibimos una patada en toda la espinilla de la inteligencia, que nos devuelve a la cruel realidad.
Me refiero -lo siento por si están ya saturados, pero no podía dejar de hacerlo- a las nefastas declaraciones de una diputada catalana (de la que me da igual el partido) sobre el acento de una ministra andaluza (de la que también me dan igual sus colores).
La diputada, en un programa de radio de máxima audiencia, dijo que el acento de la ministra era «de chiste». Quizás no se dio cuenta de que con ese comentario no criticaba a una autoridad pública sino a la base cultural de toda una una comunidad autónoma. No seré yo quien defienda el andalucismo ni ningún nacionalismo pero, como me repite mi padre a menudo, creo que no debemos olvidar ni renunciar a nuestros orígenes y se puede ser una persona cultivadísima y tener acento andaluz o catalán, valenciano o gallego. El problema es que, para desgracia de los que vivimos al sur de Despeñaperros, el acento andaluz se sigue vinculando a marginalidad, a subdesarrollo, a ignorancia y a inferioridad.
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