'REC'. El terror se ha convertido en la receta ideal para luchar contra la decadencia de la industria.
Cultura

Susto o muerte

Visto el éxito comercial del terror 'made in Spain', al cine español sólo le queda pasar miedo o cerrar salas

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Cada Halloween, los pequeños estadounidenses van de casa en casa asustando a sus vecinos. Es la noche de brujas, una tradición que hemos aprendido a celebrar también aquí y que para infinidad de niños se convierte en la primera vez que disfrutan al sentir miedo. En el cine de terror, no podía ser de otro modo, esta fiesta ocupa un lugar de privilegio. Halloween (John Carpenter, 1978), de la que se han rodado hasta nueve secuelas en los últimos 30 años, inauguró la conocida fórmula clásica según la cual un asesino persigue a indefensos jovencitos. Nunca falla; basta con cambiar el nombre del malo: Freddy Krueger, Jason Voorhees, Jigsaw...

En España, el fantaterror, con sus propias influencias y creadores como Paul Naschy (Jacinto Molina), Jesús Jess Franco y Narciso Chicho Ibáñez Serrador, tampoco ha sido ajeno a lo que sucedía en EE UU. De hecho los directores con más nombre de la actualidad alardean de pertenecer a la cultura del videoclub y reconocen en el cine comercial, -y el de terror sin duda lo es- una de sus mayores influencias. Claro que como los tiempos cambian, ya no es sólo la industria americana la que invade las salas españolas. Hemos sustituido el truco o trato por nuestro cómico tuto o muete y son jóvenes valores como Bayona, Balagueró, Plaza, Vigalondo y los consagrados Álex de la Iglesia y Alejandro Amenábar quienes firman las historias que hacen estremecerse a la juventud yankee.

El terror made in Spain está de moda y casi cada nuevo título tiene acordado su remake hollywoodiense antes de ser estrenado en casa. No sólo eso. Cintas como El orfanato (Bayona, 2007) y Rec (Balagueró y Plaza, 2007) han sido la salvación de una industria atemorizada por la falta de público. Como en el chiste, a las distribuidoras les quedaba exhibir susto o contentarse con una lenta muerte comercial.

Pero, ¿se puede hablar propiamente de un género de terror genuinamente español? Aparte de un puñado de directores que han nacido en el mismo rincón del mundo, ¿hay alguna característica que defina la marca made in Spain? «Es difícil encontrar constantes, porque no parece haberlas», apunta Nacho Vigalondo. El director es uno de los que más predicamento tiene en EE UU.

Suyo es uno de los títulos fantásticos que todavía pueden encontrarse en las carteleras: Los Cronocrímenes. Quizá haya que buscar un poco ya que no ha logrado las cifras esperadas de taquilla, toda regla tiene una excepción. En cambio, el último estreno de terror español, Eskalofrío (Isidro Ortiz, 2008), en su primera semana superó de largo a Rivales, la cinta de Fernando Colomo. Él es uno de los grandes de lo que se denomina cine español y recaudó más o menos lo que Vigalondo: entorno a los mil euros por cada copia distribuida.

«Destaca la originalidad»

«Desde el exterior, destacan la originalidad y cierta vuelta a la artesanía de nuestras propuestas -añade el joven director nominado al Oscar, en 2005-. Nuestros presupuestos son ridículos en comparación con los de Hollywood y nuestras soluciones de puesta en escena nunca están basadas en la acumulación de recursos». Quizá por ello, a las mayors les gustan tanto. El primer largometraje del cántabro tuvo una premier americana dentro de un avión, en pleno vuelo, y su remake (Time crimes), de la mano de United Artist, cuenta para el proyecto con Steve Zaillian, el guionista de American Gangster (Ridley Scott, 2007). «Nuestro cine les gusta porque ofrece un punto de vista nuevo a la hora de tratar géneros viejos y extenuados. Algunos muy extenuados, como el zombie, la casa encantada, o el thriller de supervivencia. Ellos ven The Backwoods (Koldo Serra, 2006) o La hora fría (Elio Quiroga, 2006) y ven la renovación de unos estándares», asegura Vigalondo.

Carlos Aguilar, escritor especialista en el séptimo arte y autor de La guía del video-cine (Cátedra), coindice en diagnóstico de agotamiento de la meca californiana: «Hollywood sufre desde años años, por lo menos veinte, la mayor crisis de ideas, argumentales y estéticas, de su historia. De ahí que estén fascinados por cualquier película mínimamente peculiar hecha fuera. En las españolas aprecian su crudeza, la tensión entre Deseo y Castigo, propia de la interpretación carpetovetónica de ciertas propiedades de la cultura mediterránea».

En cualquier caso, el gusto por las películas de terror no nació ayer. «Todos los críticos de los últimos años reconocen que existe un cine fantástico, el fantaterror español, que tuvo su momento de gloria en los setenta. En concreto yo lo enmarcaría entre dos de las mejores películas protagonizadas por Naschy: La marca del hombre lobo (Enrique López Eguiluz, 1968) y La noche del hombre lobo (Jacinto Molina, 1980»), explica Mike Hostench, subdirector del encuentro de cine fantástico más antiguo del mundo, el Festival Internacional de Cinema de Catalunya, que se celebra cada año, desde hace 40, a finales de septiembre, en Sitges.

Para él, no hay duda de que El orfanato y REC han salvado al cine español en 2007. «No estoy tan de acuerdo con la idea de que vivimos una crisis constante -expone- al menos hasta el año pasado, que se desplomó el consumo de vídeo doméstico y de DVD. Pero si nos fijamos en la recaudación de estas películas respecto al total de los ingresos por taquilla, no hay duda de cuál fue la tabla de salvación». En su primera semana en cartel, el debut de Juan Antonio Bayona, bajo la protección del oscarizado Guillermo del Toro y por el que se llevó el Goya al mejor director novel -y otros 6 premios más- recaudó 5,9 millones de euros. No batió el récord de, 7,2 millones establecido por Torrente 3 (Santiago Segura, 2005), que sin ser un film fantástico también aterroriza a no pocos críticos, pero marcó el camino que la ha llevado a convertirse en la segunda película más taquillera después de Los otros (Alejandro Amenábar, 2002). El orfanato logró en 2007 un total de 24 millones, mientras que la historia protagonizada por Nicole Kidman alcanzó los 27 millones, cinco años antes.

Y es que, el boom internacional del terror made in Spain tiene bastante que ver con el éxito de directores como Amenábar y Del Toro. El alabado director madrileño (nacido en Santiago de Chile, en 1972) es uno de los que abrió el camino hacia el mercado estadounidense al cine de terror español. Se ganó el favor del público con Tesis (1996) y sus dos siguientes largometrajes tuvieron ya versión yankee. The Others y Vanilla Sky (2001), el remake de Abre los ojos, mantuvieron el tipo en el box office americano. Además, el tirón mediático de sus protagonistas: Nikole Kidman, Tom Cruise y Penélope Cruz convirtieron al director de Mar adentro (2005) en un fenómeno mediático.

Por su parte, los tres Oscar de El laberinto del fauno (2006) -segundo filme del mexicano Guillermo del Toro, ambientado en el final de la guerra civil española- acabó por disipar las dudas de que el terror made in Spain había conseguido la receta del éxito.

«Pero es que las películas fantásticas siempre han funcionado en taquilla», puntualiza Hostench. «No es un género destinado a cinéfilos. ¿Cuántas veces se escucha a lo que se considera público mainstream decir: vamos a ver una de miedo? Y cuando el comprador, es decir el distribuidor, está en un momento bajo, siempre tiene a mano la película de terror que salve la temporada».

Un impulso que no sólo afecta a la parte mercantil de la industria, sino también a la creativa. La generación del videoclub, de los fanzines, de la cintas de serie B y de festivales como el de Sitges, la semana fantástica de San Sebastián y Estepona se han aupado a los primeros puestos del escalafón. Mientras el cine español clásico, lleno de intelectualidad, miraba por encima del hombro, en ocasiones, a directores como Naschy o Franco, nuevos valores como Vigalondo, Serra y Bayona aparecen como el futuro del cine. Balagueró y Plaza ya están consagrados: Darkness (2002), Frágiles (2005)... Álex de la Iglesia, por ejemplo, es un icono en Japón, donde la juventud casi rinde culto al responsable de títulos como Acción mutante (1991), El día de la Bestia (1995) y La comunidad (2000).

Historias para no dormir

«De todos modos, por más que hasta Jesús Franco ironice diciendo que no le gustan sus películas porque las que le gustan son las de John Ford, nadie puede dudar de que sus primeros cinco trabajos son extraordinarios», puntualiza Hostench. «Luego tomó un camino, en mi opinión, conceptualmente equivocado. Importante por lo que tuvo de transgresor, pero que a mí no me interesa». A quien no se pude pasar por alto, en todo caso, es a Narciso Ibáñez Serrador. Chicho, al que la mayoría recuerda por el 1,2,3.., creó también para la televisión Historias para no dormir, una serie de cortometrajes semanales que introdujo el género en los hogares. Su último largometraje, ¿Quién puede matar a un niño? (1975), ha quedado como un referente por la dureza de la escena en la que se asesina a los pequeños protagonistas, que tampoco eran angelitos precisamente. Nadie se atrevería a filmarla hoy en día.

Y es que si el terror made in Spain goza de prestigio, es porque principalmente se trata de una marca comercial. En una entrevista concedida poco antes de la entrega de los premios Goya de 2007, los grandes triunfadores de la temporada -el valenciano Paco Plaza; el leridano Jaume Balagueró y el barcelonés Juan Antonio Bayona- no tenían reparos en reconocerlo. «Somos alumnos de Álex de la Iglesia- aseguraba Balagueró-. Él inaugura un cine sin ningún tipo de pretensión intelectualoide, un cine comercial, que mira al espectador». «¿Tú crees que alguien paga por ver al autor?», se cuestionó Bayona. «El cine español habla de cosas que no tienen que ver con el público, lo que la gente quiere es pasárselo bien», sentenciaba. «El problema es que aquí se mina el talento. Yo no habría rodado El orfanato si no hubiera venido Guillermo del Toro de fuera para echarme una mano».

El futuro del cine español da mucho miedo, tanto que quizá las películas de terror sean las que mantengan la industria en los próximos años. Eso sí, la ecuación matemática por la que un malvado espíritu o monstruo persigue a una cuadrilla de libertinos veinteañeros que han ido a pasar el fin de semana al campo, dejará de ser una pesadilla recurrente para los aficionados. Lo que ha de venir es, por ejemplo, el final de la trilogía sobre la contienda del 36 que Guillermo del Toro inició con El espinazo del diablo (2003). Por cierto, eso de hablar de nacionales y republicanos, ¿no era un clásico de la intelectualidad patria?