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CRÍTICA DE TV

'Kanji'

Aestas alturas ya no resulta sorprendente que la gran ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos la contemplasen las tres cuartas partes de los habitantes del planeta. Lo que empieza a resultar chocante es que unos miles de espectadores saquen su entrada y hagan de mera comparsa en un show montado para ser visto por la televisión. Llegará un día en que cámaras robotizadas sobre un estadio vacío nos servirán ese más difícil todavía que organiza el COI para demostrar cuál es el estado del arte tecnológico en la Tierra. Hasta el virtual rollo de papel sobre el que se desarrolló la mayor parte del prólogo no era otra cosa que una pantalla, un lecho electrónico para contar los logros de la milenaria China traducidos a la era digital. La escritura trasmutada al lenguaje de hoy: el kanji eléctrico en todo su esplendor.

JAVIER M. DOMÍNGUEZ
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Hubo tanto y tan bello que sólo sorprendió la ausencia del otrora todopoderoso Mao, relegado a su función de estampita para turistas. Como si nunca hubiese reinado sobre las masas y perteneciese únicamente al universo pop de Warhol. La fiesta olímpica rescató en cambio a Confucio, del que Mao no fue sino un mal traductor con ripios estalinistas. Curioso o significativo que los ayudantes del director de la ceremonia fuesen una japonesa y un británico, los antiguos poderes coloniales sobre la China de la Gran Muralla. Todo vale para conseguir el mayor anuncio de promoción mundial.

Sirve la misma reflexión para el resto de las transmisiones deportivas. Sin el dinero del pago de derechos televisivos no habría ni competición ni medallas ni el alboroto de sentimentalismo nacional por cada oro. Ni los vasos comunicantes del deporte y la política. Las imágenes de Leni Riefenstal en Berlín'36 son, en sí mismas, las mejores tomas filmadas del deporte. Sumadas a Hitler, el gran instrumento de propaganda de la supremacía nazi. Ahora está por ver si la perfección televisiva de la China renacida implicará un salto adelante hacia el mundo libre y capitalista o la consagración en el poder de los herederos de Mao con un retoque warholiano.