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Opinion

Euforia compartida

La brillante victoria cosechada anoche por la selección ante Rusia permitirá resarcir a jugadores y aficionados de 24 largos años de espera para poder reproducir las expectativas de aquella ya lejana Eurocopa de 1984 que se saldó con derrota ante Francia. A diferencia de entonces, cuando el combinado español logró abrirse paso en el torneo a base de un juego agónico en muchos momentos y construido sobre el empuje del pundonor, los jugadores que ahora se aprestan a lograr ante Alemania el triunfo que sus predecesores no culminaron forman un conjunto necesariamente adaptado a los cambios que el tiempo ha introducido en un deporte de concepción cada vez más global. Pero que también es distinto por la frescura de sus integrantes, por su gusto por poner la garra al servicio de la creatividad y por su variopinta procedencia, que ha permitido reunir un ramillete de futbolistas curtidos en la Liga española -y no obligadamente adscritos a las filas de los grandes- con otros que viven la experiencia de disputar competiciones en el extranjero.

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Esa amalgama de jugadores, capitaneados por un entrenador tan atípico como Luis Aragonés, ha reactivado un sentimiento colectivo de identificación con la selección que sólo la capacidad incomparable del fútbol para contagiar emociones puede generar con semejante intensidad. Es indudable que buena parte de los millones de aficionados que ayer siguieron las evoluciones del equipo bajo la lluvia vienesa o congregados devotamente delante del televisor interiorizan las victorias o las derrotas del combinado español no sólo como producto de las lides deportivas, sino también como la expresión exitosa o frustrada de su pertenencia a una realidad nacional común. Pero esa comunión también se mezcla con otras sensaciones que tienen que ver con el simple disfrute de un deporte que condiciona como ninguno los estados de ánimo, o incluso con el interés sobrevenido de aquellos que desde una distancia desapegada se dejan inocular la euforia de las citas excepcionales. Por ello, la identificación epidérmica con los colores propios que procura el fútbol no puede constreñirse a los límites rácanos de la reivindicación política, ni ésta utilizar el fútbol como instrumento para tratar de realzar actitudes de pertenencia distintas por la vía de mostrarse despectivo o descortés hacia las ajenas.