Pasar el rato
Tiempo de digestión
Estos días nos ha nacido un Niño, y pobres y ricos lo celebran con la misma ceremonia: comer

Como los supermercados han ido sustituyendo sin ruido a las iglesias, la Navidad se ha convertido en tiempo de digestión, más que de reflexión. Digestión lenta y pesada, como un remordimiento histórico. Todo es histórico cuando el presente no ofrece pensamiento al que atenerse. A la memoria histórica la acompañan el entendimiento y la voluntad históricos. Es la coartada de los inútiles, los dispensa de hacer algo de provecho. Únicamente Dios es el presente eterno, en el que hay que instalarse ligeros de pasado y de estómago. Estos días nos ha nacido un Niño , que trae un pan de vida bajo el brazo, y pobres y ricos lo celebran con la misma ceremonia: comer. Varían la cantidad y la calidad, no el deseo. A comer, a beber y a leer hay que aprender. Con la boca llena no se pueden pronunciar palabras de amor y de perdón, que muy probablemente son las únicas que merecen la pena. Con reflujo gastroesofágico no se puede leer a Bécquer, porque se nos va toda la fuerza por la boca y se alejan aún más las oscuras golondrinas. Los pobres no han abandonado del todo las puertas de las iglesias , pero hace tiempo que frecuentan también las de los supermercados. Su cuerpo necesita más atención que su alma. Con hambre atrasada, qué lejos quedan Dios y los derechos fundamentales. Los ricos confían en que Pablo Iglesias , con el oro de Venezuela, les construya una aguja lo suficientemente grande para que por su ojo pueda pasar el camello del ejemplo evangélico. Aunque si Iglesias se lo hubiera gastado todo en sus cosas, los del Ibex 35 podrían probar a encoger el camello.
Cada primero de año, uno cuenta las gotas de eutanasia que la vida va echando en el frasquito del tiempo ya vivido. Algunas veces se le va un poco la mano. El frasco está cada año más lleno, y uno lo apurará cuando llegue la última gota, pero no antes. Vivir es la mejor ayuda para morir . Por el variado camino de la vida nos ha llegado un Niño, y por el áspero sendero del coronavirus se nos han ido setenta mil compañeros del alma, compañeros, a quienes no conocíamos. Pues como si los conociéramos de toda la muerte. El Niño trae con Él la historia entera de la humanidad, que es una historia de amor, aunque algunos siglos parezca otra cosa. Pero eso, ¿quién se lo explica a una madre huérfana de hijo, a un hijo huérfano de madre, a un viudo sin interés por sobrevivir? Nada consuela tanto como un silencio a tiempo . También a callar se aprende. Niños que van al Niño, viejos que van al Niño, muertos que van al Niño. ¿Y qué harán cuando lleguen? Jugar. A un niño no se va a recitarle la «Crítica de la razón pura» ni a recomendarle que sea virtuoso. A un niño se va a jugar, a contar cuentos, a cantar villancicos, a reír, a llorar un poquito. Se va a aprender a ser niño, se va a que el niño nos enseñe su infancia, como se enseña un tesoro. Es la única forma conocida de que el espíritu del reino de los cielos baje a esta tierra, ahora que se anuncia la república.
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