Cultura
El Pele: «El estudio de grabación es lo más parecido a cantar sin estado de ánimo»
El maestro del flamenco en Córdoba habla de su vida: «Era un niño viejo que escuchaba a los mayores»
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El Pele no cree en el duende, ese misterioso invitado al que a veces se invoca en el cante flamenco. Manuel Moreno Maya prefiere referirse más bien un «estado de ánimo», que es el que favorece que los cantaores, guitarristas y bailaores para hacer lo suyo de forma inspirada. Y ese se tiene o no se tiene.
De ello y de muchas cosas más habló este jueves en el Teatro Cómico Principal, dentro del ciclo Encuentros en el Cómico, en conversación con el periodista Félix Ruiz Cardador. Y ese estado de ánimo que él prefiere al duende es difícil que se encuentre al grabar.
«Un estudio de grabación es muy frío, es lo más parecido a cantar sin un estado de ánimo», dijo El Pele. Parece como cantar sin querer, y contó la historia de una grabación en un estudio en El Rocío.
No salía, y el productor era consciente: «A ver si me voy a tener que ir a Córdoba para escuchar a El Pele». Y el maestro no conseguía la inspiración necesaria hasta cierto momento, a las tres o las cuatro de la madrugada, cuando le dijo al guitarrista que tocara por seguiriyas, y la salió «una de las mejores seguiriyas que se han hecho en un estudio».
Sentirlo
Y es todo porque «el flamenco se siente o no se siente». Él lo conoció desde niño en los barrios y en las peñas de Córdoba. Siempre les dice a las jóvenes, que hoy es muy fácil escuchar a los antiguos y a los contemporáneos, «porque no hay más que dar a un botón», pero entonces era más difícil. Y él conseguía desplazarse para verlos o acercarse a la peña Rincón del Cante.
Era «un niño viejo», porque le gustaba la compañía de los mayores que le enseñaban los secretos del arte jondo. Recordó a Antonio Chaquetas, a Mojama, a Navajita, o a María 'La Talegona', maestra de la saeta. Ahí pudo aprender a ser el maestro que es hoy.
Conoció a muchos de Córdoba que le enseñaron y emocionaron, pero no tuvieron apenas reconocimiento. Tanto, que al morir alguno «hubo que pedir para su entierro». De ahí al Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba, que siempre consideró «un buen trampolín». Es más, dejó caer que quizá los premios no se deberían haber reducido a uno por categoría.