OPINIÓN

¿TODO GRATIS?

ANTONIO VARO

Se ha generalizado la idea de que el ciudadano tiene derecho a todo sin poner nada de su parte

No sé si en el resto de España, pero en Córdoba es muy normal que nos sumemos en masa a las grandes ocasiones —sean una procesión o un ascenso a Primera— pero también que demos un paso atrás cuando nos digan que esas ocasiones necesitan dinero para subsistir. Las calles se llenan en Semana Santa, pero la misma gente que las atiborra refunfuña por el precio que tienen los palcos y las sillas, como si todo eso que ven no tuviera detrás un ingente esfuerzo económico.

Lo mismo ocurre en todos los ámbitos. Gente que espera dos horas o más a que le den gratis un trozo de pastelón cordobés del tamaño de un sello de correos es incapaz de ir a la confitería más cercana a por una buena cuña por un miserable euro. Y es que se ha generalizado —y fomentado desde los poderes públicos que se las dan de progresistas— la idea de que, «porque yo lo valgo», el ciudadano tiene derecho a todo sin poner nada de su parte, o al menos así se le hace creer.

También pasa en la Iglesia. Los puros, los fundamentalistas del Evangelio, quieren hacernos creer, aunque no sé si ellos lo creen, que como dice la Escritura eso de «Gratis date», como la fe es un don por el que no hay que pagar, tampoco hay que ayudar al sostenimiento económico de la Iglesia y no se quieren ver que a los curas, cuando van a comprarse un pantalón, nadie se lo regala al ver que lleva la tirilla al cuello. En el otro extremo, los que van poco a la Iglesia montan un cirio si la parroquia les pide, por ejemplo, cincuenta o cien euros por los gastos que genera en el templo la celebración de una boda, aunque no escatiman dejar seis mil en el restaurante donde se sirve la comida posterior.

En este mundo todo cuesta dinero, y el que diga lo contrario miente. Por eso, cuando llega esta época del año, la Iglesia nos recuerda que esa frase tan repetida, pero también tan cierta, de que «Iglesia somos todos». No es sólo una ocurrencia vaticanista, sino una realidad que se tiene que notar también a la hora de contribuir a la labor evangelizadora y asistencial con fondos económicos, cada uno en la medida de sus posibilidades y, sobre todo, de su responsabilidad.

¿TODO GRATIS?

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