Santiago Martín

Crónica de una muerte anunciada

He aprendido que la unidad es un valor, tanto como lo es el respeto a las legítimas diferencias

Santiago Martín

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La petición de la CUP para que se expropie a la fuerza la catedral de Barcelona y que se transforme en un almacén o en una sala de conciertos, ha puesto las cosas en su sitio. Ese es el futuro que le espera a la Iglesia en Cataluña si queda en manos de los radicales que buscan la independencia. Se podrá objetar que ni los de Esquerra son así, pero si para formar una mayoría de izquierdas -en caso de que se lograra la independencia- necesitaran los votos de la CUP, les darían lo que pidiesen.

Sin embargo, estoy seguro de que en las filas nacionalistas del clero catalán esa posibilidad no les infunde no sólo temor, sino ni siquiera respeto. Hace muchos años que ellos juegan a otra cosa. Su juego es el de poner la Iglesia al servicio de unos supuestos derechos a la independencia catalana. Lo primero era Cataluña y luego venía Dios. Primero ser catalán y luego ser católico. Por eso el menosprecio a los inmigrantes -andaluces, extremeños, murcianos, aragoneses- que no hablaban catalán y que se han sentido rechazados por una Iglesia que no sentían como suya porque no les trataba como si fueran sus hijos.

No les importaba a esos clérigos que dejaran la práctica religiosa, como no les importaban sus manifestaciones populares de fe, que despreciaban por considerarse superiores. Para ellos, si la independencia de Cataluña tiene que lograrse al precio de la transformación de la Iglesia en una minoría insignificante, se paga ese precio sin dudarlo. La ingenuidad que representó creer que con obispos catalanistas y conservadores -Novell, Pujol- se podía evitar la desaparición de la auténtica Iglesia una vez que se consiguiera la independencia ha quedado en evidencia. A los conservadores y a los progresistas los barrerán igual y no les importará si han sido compañeros de viaje durante el camino independentista.

He aprendido que la unidad es un valor, tanto como lo es el respeto a las legítimas diferencias. Esa es la lección de creer en un Dios uno y trino. Esa es la lección que intentó transmitir la Conferencia Episcopal española cuando habló del valor moral que representaba la unidad de la patria. Cuando esto se rompe, se pagan las consecuencias y se pagan muy caras.

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