Hijo mío, no me denuncies
De verdad, que yo es que este país no lo entiendo. Ni puta idea, palabrita del Niño Jesús. Con la de problemas que hay, con la de asuntos graves que hay que resolver, con la de necesidades perentorias que hay que abordar, nuestros gobernantes se empeñan en hacer de lo trivial, de lo necio, de lo innecesario noticia de primer orden y asunto prioritario del Consejo de Ministros. Y a fuerza de bobadas, así estamos todos, hechos un lío y sin saber qué va a pasar mañana, qué solemne majadería se les ocurrirá a nuestros prebostes, que sacramental memez parirán nuestros regidores.
Actualizado: GuardarAnte tan desolador panorama, lo que hago, ya les digo, es intentar abstraerme, intentar no enterarme de las simplezas con las que esta España nuestra es cada día despertada, que no tengo yo ya las coronarias para muchos berrinches. Prensa local, esquelas -para comprobar, masoquista que es uno, que poquito a poco voy llegando a la primera línea de trincheras- noticias deportivas y apenas nada más.
No obstante, y a pesar del ímprobo esfuerzo que realizo, hay veces en que la noticia dichosa traspasa las fortificadas barreras que he construido y me alcanza derribando defensas. Y, así, me entero de que nuestros ínclitos gobernantes han procedido a dar una nueva vuelta de tuerca a su colosal sandez y han decidido reformar el Código Civil de modo tal que, desde estas fechas, ya no existe la posibilidad de que los progenitores puedan «corregir razonable y moderadamente» a los propios hijos, a los que ahora deberán reprender «con respeto a su integridad física y psicológica». Y se han quedado tan panchos, los angelitos.
De mi niñez, entre muchos recuerdos felices, tengo muy presentes los buenos cachetes con que mis padres dejaron bien claros a mí y a mis hermanos un par de conceptos fundamentales para la convivencia entre padres e hijos: respeto y disciplina. Conceptos que hoy en día parecen en desuso y así ocurre que proliferan como champiñones las agresiones de los hijos a sus padres. Situación ante la cual nuestros estultos regidores sólo tienen la ocurrencia de ilegalizar el zosqui con que algunas veces los padres tenemos que explicar aquello de la patria potestad.
Tengo dos hijos a los que adoro, y ha habido veces -en el pasado fundamentalmente, porque ya están lo suficientemente talluditos para que me piense muy mucho levantarles la mano- en las que no he tenido más remedio, porque la situación lo exigía o porque tenía los nervios más perdidos que Nuria Bermúdez la virginidad, que arrearles un sopapo que sin duda me dolía más a mí que a ellos. Y no creo que un coscorrón a tiempo vaya a poner en peligro la integridad física o psicológica del mozalbete.
A partir de ahora, no obstante, tengan mucho cuidado si se les escapa un soplamocos o un manotazo en el culo del menor. O se buscan un buen abogado o procedan a suplicar: «Hijo mío, no me denuncies». La respuesta del caballerete es de suponer: «Vale, tronco, pero de la moto ¿qué?...».